
Amor y temor. Con este bagaje hemos de hacer el camino. "Cuando el amor llega a eliminar del todo el temor, el mismo temor se transforma en amor" (SAN GREGORIO DE NISA).
Es el temor del hijo que ama a su Padre con todo su ser y que no quiere separarse de Él por nada del mundo. Cuando se pierde el santo temor de Dios, se diluye o se pierde el sentido del pecado y entra con facilidad la tibieza en el alma. Hemos de sentir horror al pecado grave y abominar del pecado venial deliberado. La meditación de los Novísimos, de aquella realidad que veremos dentro quizá de no mucho tiempo, o sea, el encuentro definitivo con Dios, nos dispone para que
el Espíritu Santo nos conceda ese don que tan cerca está del amor.
El don de temor se halla en la raíz de la humildad, en cuanto da al alma la conciencia de su fragilidad y la necesidad de tener la voluntad en fiel y amorosa sumisión a Dios. También está en íntima relación con la virtud de la templanza, que lleva a usar con moderación de las cosas humanas subordinándolas al fin sobrenatural. Este don, infundido con los demás en el Bautismo, nos llevará a huir con rapidez de las ocasiones de pecado y hacer con profundidad el examen de conciencia . Pidamos que, con delicadeza de alma, tengamos muy a flor de piel el sentido del pecado.