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Voluntad firme


Un sábado Jesús fue invitado a casa de uno de los principales fariseos de la ciudad (Lucas 14, 1-6). Se puso delante de Él un hombre hidrópico. El hombre no dice nada, no pide nada, simplemente está delante del Médico divino. El Señor lleno de misericordia lo cura, a pesar de que estaban en acecho para ver si sanaba en sábado.

Jesús no se deja llevar por respetos humanos y hace ver a los que lo espiaban que la misericordia no quebranta el sábado. Nuestra actitud a vivir la fe cristiana en un ambiente adverso ha de ser la misma de Jesús. No dejemos de manifestarnos cristianos con sencillez y naturalidad, cuando la situación lo requiera. Nunca nos arrepentiremos de ese comportamiento consecuente con nuestro ser más íntimo. Y el Señor se llenará de gozo al mirarnos.

Jamás en todo su ministerio, ya sea en sus palabras o en su modo de obrar, se ve a Jesús vacilar, permanecer indeciso, y menos volverse atrás. Él pide a quienes le seguimos esa voluntad firme en cualquier situación. Los respetos humanos son consecuencia de valorar más la opinión de los demás que el juicio de Dios, sin tener en cuenta las palabras de Jesús: si alguien se avergüenza de Mí y de mis palabras..., el Hijo del Hombre también se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre acompañado de sus santos ángeles (Marcos 8, 38).

Los respetos humanos pueden proceder de la comodidad, por no pasarse un mal rato; o por el miedo a perder un cargo; o por el deseo de permanecer en el anonimato. "Brille el ejemplo de nuestra vida y no hagamos ningún caso de las críticas", aconsejaba San Juan Crisóstomo, y seremos el apoyo firme para mucho que vacilan. La "libertad de los hijos de Dios" nos lleva a movernos con soltura y sencillez en los ambientes más adversos.

Los cristianos de la primera hora actuaron con valentía propia de quien tiene fundamentada su vida en cimiento firme. De modo semejante se comportaron los Apóstoles ante la coacción del Sanedrín y ante las persecuciones posteriores. San Pablo afirma que nunca se avergonzó del Evangelio. Jesús nos invita a hacer lo que debemos hacer con independencia al "qué dirán". Una sola cosa debe comportarnos ante todo: el juicio de Dios.

Los planes de Dios


Los planes de Dios no coinciden generalmente con los nuestros, con los que proyectamos en la imaginación, con aquellos que fabrica la vanidad o el egoísmo. Los planes divinos, formados desde la eternidad para nosotros, son los más bellos que nunca pudimos imaginar, aunque algunas veces nos desconcierten. Jesús nos invita a dejar libre el corazón para llenarlo todo de Dios, y nuestra alegría es fruto de la generosidad, de responder a las sucesivas llamadas que a cada uno en su estado dirige Cristo que pasa.

La vida se llena de gozo y de paz en esa disponibilidad absoluta ante la voluntad de Dios que se manifiesta en momentos bien precisos de nuestra existencia; quizá ahora mismo. Una vez que alguien ha sentido posarse sobre él la mirada del Señor, ya nunca la olvida, ya no es posible vivir como antes: a Jesús se le sigue o se le pierde.

Nosotros nos entristecemos cuando nos negamos a entregar nuestra libertad a Dios, como en la parábola del joven rico del Evangelio de hoy (Mateo, 19, 16-22). Libertad que, si no nos sirve para llegar a la meta, a Cristo que pasa por nuestra vida, de poco habrá de servirnos. La tristeza nace en el corazón como una planta dañina cuando nos alejamos de Cristo, cuando le negamos aquello que de una vez, o poco a poco, nos va pidiendo, cuando nos falta generosidad. Puede haber enfermedad, puede haber cansancio, pero la tristeza del corazón es distinta; en su origen encontramos siempre la soberbia y el egoísmo.

"Hay que saber entregarse, arder delante de Dios como esa luz que se pone sobre el candelero, para iluminar a los hombres que andan en tinieblas; como esas lamparillas que se quedan junto al altar, y se consumen alumbrando hasta gastarse".

La tristeza hace mucho daño al alma, un alma triste está a merced de muchas tentaciones. ¡Cuántos pecados han tenido su origen en la tristeza! Siempre podemos crecer en alegría, si estamos buscando seriamente al Señor en lo que cada día nos sucede, en la oración, en el empeño por mantener la presencia de Dios.

Examinemos nuestra generosidad con los demás, y preguntémonos: ¿me preocupo excesivamente de mí mismo, de mis cosas, de mi salud, de mi futuro, de mis pequeñeces? Muchas personas pueden encontrar a Dios a través de nuestra alegría.

Vivir la justicia


Jesucristo rechaza la posición de los fariseos que se preocupaban por el pago del diezmo: décima parte del producto de los frutos del campo, para el sostenimiento del Templo. Incluso lo hacían de las plantas aromáticas que cultivaban en sus jardines, pero a la vez dejaban de cumplir otros graves mandamientos en relación al prójimo: la justicia, la misericordia y la fidelidad (Mateo 23, 23).

Los cristianos no debemos caer jamás en estas hipocresías. La virtud de la justicia se fundamenta en la intocable dignidad de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios y destinada a una felicidad eterna. Consiste en dar a cada uno lo suyo y se enriquece y se perfecciona con la misericordia y la caridad.

Vivir la justicia con el prójimo es mucho más que no causarle daño, y no basta con lamentarse ante situaciones de injusticia; quejas y lamentaciones que serán estériles si no se traducen en más oración y obras para remediar esta situación. Vivir la justicia con los que nos relacionamos significa, entre otros deberes, respetar su derecho a la fama, a la intimidad... También implica el derecho a la vida, a la fidelidad, a la verdad, la responsabilidad y la buena preparación, la laboriosidad y la honestidad, el estudio a conciencia y el cuidado de los instrumentos de trabajo. Debemos vivir los deberes de justicia con aquellos que el Señor nos ha encomendado, dedicándoles tiempo, colaborando en su formación y tratando con más esmero a aquel que, por su enfermedad, edad o por sus condiciones particulares, más lo necesita. Además, debemos recordar que la calumnia y la murmuración son una gran injusticia, pues "entre los bienes temporales la buena reputación parece ser lo más valioso, y por su pérdida el hombre queda privado de hacer mucho bien".

La economía tiene sus propias leyes y mecanismos, pero estas leyes no son suficientes ni supremas, ni esos mecanismos son inamovibles. El orden económico debe estar sometido a los principios superiores de la justicia social y tener en cuenta la dignidad de la persona.

La justicia social también exige que al trabajador no se le deje a merced de las leyes de la competencia como si su trabajo fuera sólo una mercancía, y una de las preocupaciones del Estado y de los empresarios "debe ser ésta: dar trabajo a todos".

El camino estrecho


La vida es un camino muy corto que acaba en Dios; lo importante es que al llegar, se nos abra la puerta y podamos entrar. Hay dos actitudes en la vida en cuanto al camino: buscar lo más cómodo y placentero, regalar el cuerpo y huir del sacrificio y de la penitencia; o bien, buscar la voluntad de Dios aunque cueste, tener los sentidos guardados y el cuerpo sujeto mientras se vive como peregrinos que llevan lo justo, y no se entretienen en las cosas porque van de paso.

Con frecuencia hemos de preguntarnos por dónde caminamos y a dónde vamos. Cuando se quiere algo hay que elegir los medios adecuados, y sólo hay un camino para llegar al cielo.

La senda que nos señala el Señor es alegre, pero es, a la vez, de cruz y de sacrificio, de templanza y mortificación. Si alguno quiere venir a mí, que tome su cruz, cada día, y me siga (Lucas 9, 23). Nos es necesaria la templanza en esta vida para poder entrar en la otra. Se nos pide a los cristianos estar desprendidos de los bienes que tenemos y usamos, prescindir de lo superfluo y, en lo necesario, poner mortificación, que garantiza la rectitud de intención.

En la senda ancha de la comodidad, el confort y la falta de mortificación, las gracias que Dios nos da quedan sin fruto. Ocurre como la semilla caída entre las espinas: se ahoga a causa de las preocupaciones, riquezas y placeres, y no llega a dar fruto (Lucas 8, 14). Nos dirigimos a Dios de prisa, y lo único verdaderamente importante es no equivocar el camino.

La templanza es de gran eficacia apostólica, es uno de los ejemplos más atrayentes de la vida cristiana, y nosotros podemos manifestarla con sencillez en nuestro comportamiento. Nos baste recordar que, para muchos, la ejemplaridad de un cristiano ha sido el comienzo de un verdadero encuentro con el Señor.

La mortificación la encontraremos frecuentemente en cosas pequeñas que mantienen el cuerpo sujeto a la razón y disponen al alma para entender las cosas de Dios, y pasa por todas las actividades del cristiano: desde las comodidades del hogar, hasta el uso de los instrumentos de trabajo, del tiempo y el modo de divertirse.

El camino estrecho es amable y seguro porque "la Cruz ya no es un patíbulo, sino el trono desde el que reina Cristo. Y a su lado, su Madre, Madre nuestra también. La Virgen Santa te alcanzará la fortaleza que necesitas para marchar con decisión tras los pasos de su Hijo" .

El Mandamiento del Amor


¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? ¿Qué es lo que quiere Cristo que pongamos en primer lugar en nuestras preferencias personales? ¿Qué es lo que nos hace más personas, nos perfecciona más, nos llena más? ¿Qué es lo que más sentido da a nuestra vida? «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.»

¡Es tan importante que nos enteremos de esto! ¿Estamos amándo a Cristo con todo el corazón o tenemos el corazón dividido? ¿A quién estamos poniendo primero en nuestras intenciones? ¿Lo buscamos a Él: lo que Él quiere, lo que Él necesita de nosotros, lo que espera de nosotros? ¿A quién buscamos realmente cuando luchamos por mejorar: a Él, porque nos quieres santos o a nosotros, para quedarnos tranquilos,satisfechos de nosotros mismos o, incluso, para quedarnos bien ante los demás?

¿Amamos a Jesús con toda nuestra mente? ¿Cuánto tiempo le dedicamos a nuestra formación espiritual, en comparación al que le dedicamos a nuestra formación profesional? Ya sabemos que no es cuestión de comparar horas, sino de la importancia que le damos a cada caso. Pero también hemos de dedicar horas a nuestra formación cristiana, y eso nos cuesta.

El amor a los demás es una consecuencia necesaria del amor a Cristo. En el fondo, es el mismo amor: el amor de entrega al otro, que se diferencia del amor a nosotros mismos. Sólo se puede amar de dos maneras: dando o recibiendo. El que únicamente "ama" cuando recibe, se acaba amando sólo a sí mismo. El que sabe darse, ama a los demás y -entre ellos- es capaz de amar a Cristo. Por eso el amor a Dios y a los demás se refuerza mutuamente: si aprendemos a amar a Cristo, también amaremos más a los que nos rodean; y si nos preocupamos de las necesidades de los demás, tendremos más capacidad de entender y amar a Cristo.

¿Qué hacemos por los que nos rodean, en concreto por los más necesitados espiritual o materialmente? Cuanto más amamos a Cristo, más ocasiones encontraremos para servir a los demás; y cuanto más aprovechamos las circunstancias que nos rodean para servir, más fácilmente nos enamoraremos de Cristo.

Jesús nos recuerda que no podemos escoger un mandamientos suelto. Transgredir un mandamiento es quebrantar todos los otros. No se puede honrar a otro sin bendecir a Dios, su Creador. No se podría adorar a Dios sin amar a todos los hombres, que son sus criaturas. Si amaramos a Dios con toda nuestra fuerza, corazón, y al prójimo como a nosotros mismos, podremos escuchar a Cristo diciéndonos: "No están lejos del Reino de Dios".

La oración sacerdotal de Jesús


Es una oración modelo para nosotros. Es una oración que va abriendo en círculo concéntrico. Jesús ora por sí mismo, luego ora por sus discípulos y ora por el futuro de la Iglesia y de la humanidad. Ora por todos aquellos que en el correr de los tiempos y en cualquier distancia geográfica hayan de creer en Él a lo largo de toda la historia.
Dos grandes características de Jesús:1) La seguridad y la fe total en el futuro del Evangelio. Cuando eran pocos sus seguidores y cuando estaba enfrentando ya a la Cruz, su confianza en la fuerza del Evangelio era inconmovible. Pide por aquéllos que un día han de creer en el Evangelio. El Evangelio es semilla con fuerza a través de siglos. ¿Creemos que el Evangelio es semilla después de dos mil años? O ¿Creemos que tenemos que cambiar el Evangelio y modernizarlo, aguarlo o mezclarlo con otras ideologías?
2)Jesús confiaba en sus hombres. La oración sacerdotal está ubicada en la última cena. Jesús sabía que dentro de muy poco tiempo los discípulos lo iban a abandonar. Y a a esos mismos hombres los miraba con plena confianza. Este es Jesús: el que nunca ha perdido la confianza ni en Dios ni en los hombres.

¿Qué pidió Jesús para los suyos, para la Iglesia? - Que todos sean uno: la unidad. Que la Iglesia sea realmente una comunión. "Como el Padre en mí y yo en el Padre somos uno". ¿Cómo ha de ser esta unión de los cristianos? Unión entre sí por la gracia de Dios. El amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. Es la unión de las ramas entre sí por medio de la savia y del tronco. "Tronco y savia es Cristo". La unión ha de ser interior: por la vida de la Gracia. - Unión entre sí por la caridad mutua. Ya antes dijo Jesús: en esto se conocerán que son mis discípulos. Si el cristiano tiene por distintivo la caridad, es evidente que la primera caridad ha de ser con los demás miembros de la Iglesia. - Unión por la obediencia al Evangelio y a la Iglesia misma: el derecho canónico dice que la plena comunión en-con la Iglesia es aquélla por la que los bautizados se unen a Cristo dentro de la estructura visible de los Sacramentos, de la profesión de fe, y del régimen eclesiástico (efesios 4, 4-5). Dice sabiamente el Concilio Vaticano II: no se salva, sin embargo, aunque incorporado a la Iglesia, quien no perseverando en la caridad, permanece en la Iglesia en cuerpo más no en corazón.
Nosotros los cristianos nos vemos con frecuencia muy desunidos por ideologías políticas, sociales, filosóficas. Olvidamos el Evangelio. Parece que tiene más poder de aglutinar los corazones la política que el Evangelio. Y es que el Evangelio no lo hemos profundizado, se queda a nivel de cabeza y no llega al corazón.

La gloria que Jesús pide y da a sus discípulos: 1) La Cruz: es la glorificación de Jesús. La Cruz es nuestra gloria, la causa de nuestra Redención. Por eso la señal de los cristianos es la Santa Cruz. 2) El nombre o conocimiento de Dios: Jesús nos reveló el nombre de Dios Padre, Santo y Justo. 3)La gloria que nos quiere dar es el cielo. Pero el cielo hoy nos parece opio para los Tontos. Cristo nos ha prometido que participaremos de su gloria y que Él nos introducirá en ella. El cristiano vive de la promesa. El Evangelio es Evangelio porque es Evangelio de la promesa. Esa es la Buena Nueva, la mayor de las noticias.

Jesús es el primero y el último, es el que vive


¿De dónde venimos y a dónde vamos? Es la pregunta que se hace todo hombre en cuanto logra superar la embrutecedora tarea de pensar en qué comer. A los mismos científicos les gusta hablar del punto Omega del cosmos. Y con la misma razón han de preguntar por el punto Alfa. El mundo no es un trueno entre dos nadas, ni un relámpago entre dos tormentas. La finalidad del Apocalipsis es animar a la Iglesia, a los cristianos, en medio del batallar mundano, es una revelación por Jesucristo.

Dios es el primero y el último:
 suele angustiar sobre todo la pregunta: ¿A dónde vamos? ¿Es que nuestra vida es un viaje inútil en el vacío sin meta final? El hombre, la humanidad tiene una meta, un punto omega, un fin: "Dios, Jesucristo". Dios es el primero, el principio, el alfa. Así comienza el génesis. Dios es aquel que era, es, ha de ser y ha de venir. Dijo Heráclito: que todo fluye y que nunca nos bañamos dos veces en el mismo río. Pero Dios era, es y vendrá. Hay algo que permanece, que tiene consistencia, resistencia, que se tiene de pie por sí mismo. "En él vivimos, nos movemos y existimos". Dios es el Alfa, el Omega y el camino entre los dos. Además es todopoderoso y padre nuestro. No estamos, pues, abandonados a la nada sin rumbo... En buenas manos estamos. Dios también es el acompañante, el amigo bueno, el guía en este camino con nosotros, el pastor bueno. De aquí se deduce un motivo de confianza y seguridad. Sabemos de dónde venimos y a dónde vamos y por dónde hemos de ir. "Ese de dónde, a dónde y por dónde es Jesucristo".

Jesucristo nos dice: "no temas, soy yo":
¿Quién es Jesucristo? Es el que nos ama, es el que murió por nosotros y nos ha dado una esperanza llena de consuelo. Es el Dios amor que se entrega por nosotros, que derrama su sangre por nuestros pecados. ¿Cómo no hemos de confiar en el amor que nos ama? Es el que nos lavó con su sangre de nuestros pecados. "El pecado mancha" ¡Vaya que mancha! Y corrompe y pudre. ¡Nunca la sociedad ha estado tan manchada, infectada, sucia, tan corrompida! Podemos, pues, decir que la sangre de Cristo nos lava, nos limpia, nos purifica, nos perdona. Y ¡Tenemos tanta necesidad de sentirnos perdonados! Jesús es el que al morir nos dio su Espíritu sobre la cruz. Una mirada al crucifijo puede bastar para darnos serenidad, seguridad. Jesús es palabra y palabra de amor, en síntesis: es juez, sacerdote, rey, luz, ciencia... Pero todo amor. ¿Quién no confiará? Por eso nos dice: "no temas, soy yo". En buenas manos estamos. Dios tiene providencia de nosotros: "no temas, soy yo". Más aún tiene las llaves de la muerte y del abismo. Ni la muerte ni el abismo podrán tragarnos sin su consentimiento. En verdad que murió, pero vive por los siglos, más aún, posee vida. ¿A quién pues temeremos?
El momento está cerca. Así comienza y acaba el Apocalipsis. Y en el centro del mismo dice: ya no habrá más tiempos. Donde quiera que te encuentres, recuerda que está contigo tu Padre celestial, que contigo está Dios. En todas partes está Dios cerca de nosotros y hemos de tenerlo ante nuestros ojos. ¿Hasta que punto Dios es importante para mí y qué importancia le doy? ¿Es verdad para mí Jesucristo el más importante? ¿Hasta qué punto me siento amado por Dios, por Cristo y hasta dónde confío en Él? ¿Tengo conciencia de la presencia de Dios en todas partes, particularmente en la Iglesia? ¿Soy yo presencia de Dios para los que se me acercan? Tomaremos un poco de tiempo para pensar y reflexionar para ver si como cristianos estamos teniendo en cuenta todo esto y si estamos viviendo bien nuestro cristianismo.

Cuaresma, tiempo de conversión


Comienza la Cuaresma, tiempo de penitencia y de renovación interior para preparar la Pascua del Señor. La liturgia de la Iglesia nos invita sin cesar a purificar nuestra alma y a recomenzar de nuevo. En el momento de la imposición de la ceniza sobre nuestra cabeza, el sacerdote nos recuerda las palabras del Génesis: Acuérdate, hombre, de que eres polvo y en polvo te has de convertir.

Y sin embargo, a veces olvidamos que sin el Señor no somos nada. Quiere el Señor que nos despeguemos de las cosas de la tierra para volvernos a Él. Jesús busca en nosotros un corazón contrito, conocedor de sus faltas y pecados y dispuesto a eliminarlos. También desea un dolor sincero de los pecados que se manifestará ante todo en la Confesión sacramental. El Señor nos atenderá si en el día de hoy le repetimos de corazón: Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme.

La verdadera conversión se manifiesta en la conducta: en el trabajo, hecho con orden, puntualidad e intensidad; en la familia, mortificando nuestro egoísmo y creando un ambiente más grato en nuestro entorno; y en la preparación y cuidado de la Confesión frecuente. El Señor también nos pide hoy una mortificación más especial, que ofrecemos con alegría: la abstinencia y el ayuno; también la limosna que, ofrecida con un corazón misericordioso, desea llevar consuelo a quien pasa necesidad.

Cada uno debe hacerse un plan concreto de mortificaciones para ofrecer al Señor diariamente esta Cuaresma. Para hacerlo, tengamos en cuenta que deben ser "mortificaciones que no mortifiquen a los demás, que nos vuelvan más delicados, más comprensivos, más abierto a todos".

San Pablo nos dice que éste es un tiempo excelente que debemos aprovechar para una profunda conversión. Podemos estar seguros que vamos a estar sostenidos por una particular gracia de Dios, propia del tiempo litúrgico que hemos comenzado.

"Tiempo para que cada uno se sienta urgido por Jesucristo. Para que los que alguna vez nos sentimos inclinados a aplazar esta decisión sepamos que ha llegado el momento. Para que los que tengan pesimismo, pensando que sus defectos no tienen remedio, sepan que ha llegado el momento. Comienza la Cuaresma; mirémosla como un tiempo de cambio y de esperanza".

Dios siempre nos da



La lista de beneficios que nos otorga Dios es incontable: nos creó con preferencia a muchos otros, nos dio una alma inmortal, irrepetible, destinada, junto con nuestro cuerpo, a ser eternamente feliz en el Cielo. Le debemos la conservación en la existencia, pues sin Él volveríamos a la nada, las cualidades del cuerpo y del espíritu, la vida y todos los bienes que tenemos.

Por encima de este orden natural, estamos en deuda con Él por el beneficio de la Encarnación de su Hijo, por la Redención, por la filiación divina. Le debemos el don inmenso de ser hijos de la Iglesia, por los sacramentos, especialmente por la Sagrada Eucaristía, por la Comunión de los Santos, por los beneficios de los Santos que ya están en el Cielo, de las almas del Purgatorio y de los Ángeles. Y agradecerle porque nos dio a Nuestra Madre, La Santísima Virgen.

La Misa es la más perfecta acción de gracias que puede ofrecerse a Dios, y a pesar de nuestra poquedad, ofrecemos al Padre el sacrificio del Hijo y uniremos nuestra personal oblación. Acudimos diariamente al Santo Sacrificio con ánimo agradecido, y le decimos a Dios Padre en unión con Jesucristo: ¡qué bueno eres, Padre!, ¡Gracias por todo!: por aquellos bienes que contemplo a mi alrededor y por esos otros, aun mayores, que Tú me das y que ahora están ocultos a mis ojos.


Gracias siempre y en todo lugar...: Debemos ser agradecidos con Dios en todo momento y circunstancia aun cuando nos cuente entender algún acontecimiento, porque un golpe, cuando viene de un Padre, es también prueba de Amor, "porque quita nuestras aristas para acercarnos a la perfección" Esta actitud agradecida con Dios, debemos trasladarla a nuestra vida corriente para mostrarnos agradecidos por tantos servicios que recibimos en nuestra vida familiar y social.

Como también hemos contraído deudas con Dios por nuestros pecados y faltas de correspondencia, quiere que perdonemos las ofensas que los demás puedan hacernos, que en realidad son pequeñeces en relación con nuestras ofensas a Dios. Cuando perdonamos y olvidamos, imitamos al Señor, pues nada "no asemeja tanto a Dios como estar siempre dispuestos al perdón.

Dejar todo


Todo lo tengo por basura, con tal de ganar a Cristo (Filipenses 3, 8).
Ninguna cosa tiene valor en comparación con Cristo. El Señor exige la virtud de la pobreza a todos sus discípulos, de cualquier tiempo y en cualquier situación de la vida. También pide la austeridad real y efectiva en la posesión y uso de los bienes materiales, y ello incluye “mucha generosidad, innumerables sacrificios y un esfuerzo sin descanso” .
Por lo tanto es necesario aprender a vivir de modo práctico esta virtud en la vida corriente de todos los días.

Lo hemos dejado todo... Hemos experimentado que el desprendimiento efectivo de los bienes lleva consigo la liberación de un peso considerable: como el soldado que se despoja de todo lo que le estorba al entrar en combate para estar más ágil. Estamos en el mundo como quienes nada tenemos, pero todo lo poseemos.

Saboreamos así un señorío sobre las cosas que nos rodean. Las palabras de Cristo: recibirán en esta vida cien veces más, y en el siglo venidero, la vida eterna, nos dan seguridad y rebasan con creces toda la felicidad que el mundo puede dar.
El Señor nos quiere felices también aquí en la tierra: quienes le siguen con generosidad obtienen, ya en esta vida, un gozo y una paz que superan con mucho las alegrías y consuelos humanos.

Vale la pena seguir al Señor, serle fieles en todo momento, darlo todo por Él, ser generosos sin medida: vale la pena, vale la pena, vale la pena. Quien es fiel a Cristo tiene prometido el Cielo para siempre. Oirá la voz del Señor, a quien ha procurado servir aquí en la tierra, que le dice: Ven, bendito de mi Padre, al Cielo que tenía preparado desde la creación del mundo.

Servir


La vida de Jesús es un incansable servicio a los hombres: los enseña, los conforta, los atiende…, hasta dar la vida. Y nosotros, si queremos ser discípulos de Cristo, debemos fomentar esa disposición del corazón que nos impulsa a darnos constantemente a quienes están a nuestro lado.

La última noche, antes de la Pasión, Cristo, ante los discípulos, que discutían por motivos de soberbia y de vanagloria, realizó la tarea propia de los siervos, se inclina y lava sus pies: fustiga amorosamente la falta de generosidad de aquellos hombres.

La vida familiar es un excelente lugar para manifestar este espíritu de servicio en multitud de detalles que pasarán frecuentemente inadvertidos, pero que ayudan a fomentar una convivencia grata y amable, en la que está presente Cristo. El Señor nos llama particularmente en los enfermos y en los ancianos, para ayudarlos con humildad y finura humana que apenas se advierten.

El Señor sirve con alegría, amablemente, con gesto y tono cordiales. Y así debemos ser nosotros cuando realizamos esos quehaceres que son un servicio a Dios, a la sociedad o a quienes están próximos: Servid al Señor con alegría, nos dice el Espíritu Santo por boca del Salmista.

El Señor promete la felicidad a quienes sirven a los demás. Aquello que entregamos con una sonrisa, con una actitud amable, parece como si adquiriera un valor nuevo y se apreciara también más. Además, para servir, hemos de ser competentes en nuestro trabajo.

El buen Samaritano



La parábola del Buen Samaritano es uno de los relatos más bellos y entrañables de los Evangelios. En ella, el Señor nos enseña quién es nuestro prójimo y cómo se ha de vivir la caridad con todos. Muchos Padres de la Iglesia y escritores antiguos identifican a Cristo con el Buen Samaritano. Jesús, movido por la compasión y la misericordia, se acercó al hombre, a cada hombre, para curar sus llagas, haciéndolas suyas. Toda su vida en la tierra fue un continuo acercarse al hombre para remediar sus males materiales o espirituales. 

Esta misma compasión hemos de tener nosotros de tal manera que nunca pasemos de largo ante el sufrimiento ajeno. Aprendamos de Jesús a pararnos, sin prisas, ante quien, con las señales de su mal estado, está pidiendo socorro físico o espiritual. En la caridad atenta, los demás verán a Cristo mismo que se hace presente en sus discípulos. Jesús nos enseña en esta parábola que nuestro prójimo es todo aquel que está cerca de nosotros sin distinción de raza, de afinidades políticas, de edad... y necesite nuestro socorro. 

El Maestro nos ha dado ejemplo de lo que debemos hacer nosotros: una compasión efectiva y práctica, que pone el remedio oportuno, ante cualquier persona que encontremos lastimada por el camino de la vida. Estas heridas pueden ser muy diversas: lesiones producidas por la soledad, por la falta de cariño, por el abandono; necesidades del cuerpo: hambre, vestido, casa, trabajo... ; la herida profunda de la ignorancia; llagas producidas en el alma por el pecado, que la Iglesia cura con la Confesión. Debemos poner todos los medios para remediar esas situaciones como Cristo lo haría, con verdadero amor, poniendo en ello el corazón.

Buen samaritano es todo hombre que se para junto al sufrimiento de otro hombre. Dios nos pone al prójimo con sus necesidades y carencias en el camino de la vida, y el amor hace lo que la hora y el momento exigen. A todos hemos de acercarnos en sus necesidades, pero, porque la caridad es ordenada, debemos dirigirnos de modo muy particular a quienes están más próximos porque Dios los ha puesto familia, amigos, compañeros...- o porque ha querido a través de las circunstancias de la vida que pasemos a su lado para cuidarles. 

Después de aconsejar que no indaguemos porqué otros no lo han hecho, especialmente si son heridas del alma, San Juan Crisóstomo dice: "Has de saber que cuando encuentras a tu hermano herido, has encontrado algo más que un tesoro: el poder cuidarle".

Fidelidad y coherencia


San Juan Crisóstomo llama a Eleazar "protomártir del Antiguo Testamento". Él era un anciano de noventa años, que se mantuvo fiel a la fe de sus padres, y prefirió la muerte a participar en los
sacificios a los dioses griegos que habian remplazado a Yahvé por orden del rey Antíoco. Amigos le propusieron simular que había comido las carnes sacrificadas, según el mandato del rey, pero él se rehuso. No quiso dar un mal ejemplo a los jóvenes que pudiesen decir que se había paganizado con los extranjeros.

La actidud gozosa de Eleazar en el martirio, nos recuerda a nosotros la fidelidad sin fisuras a los compromisos contraídos en la fe, para ser leales al Señor, también cuando quizá nos sería más fácil ceder por la presión de un ambiente pagano hostil, o por una circunstancia difícil que hayamos de atravesar. El Señor nos hace experimentar el mismo gozo cuando, por ser fieles a la fe y a la propia vocación, padecemos alguna contrariedad.

Sé fiel hasta la muerte, se lee en el Apocalipsis, y Yo te daré la corona de gloria. Ésto nos pide el Señor a los cristianos de todas las épocas. Con esta promesa, ¿nos vamos a avergonzar de nuestra fe, que tiene consecuencias prácticas en el modo de actuar, en la que muchos quizá o estén de acuerdo? "Es fácil, recordaba el Papa Juan Pablo II, ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente a la hora de la exaltación, difícil serlo a la hora de la tribulación. Y sólo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura toda la vida".

A veces los obstáculos no llegan de fuera, sino de dentro. La soberbia es el principal obstáculo de la fidelidad, y junto a ella la tibieza que hace perder la alegria en el seguimiento de Cristo, e idealiza otras posibilidades que están al margen del camino que nos lleva a Dios. Otras veces surge la oscuridad en el alma por la falta de lucha, o bien, Dios la permite para purificar el alma. Estos obstáculos se salvan si somos dóciles a la dirección espiritual, y si permanecemos cerca del Senor con un trato diario, mediante la oracion viva.

Muchos, quiza sin saberlo expresamente, se apoyan en nuestra fidelidad. En lo humano es la lealtad, virtud esencial para la convivencia, porque inspira confianza y seguridad. Muchas veces se echa de menos la honradez para cumplir la palabra dada y los compromisos libremente adquiridos en el matrimonio, en la empresa, en los negocios. En estos momentos urge que los cristianos, luz del mundo y sal de la tierra, procuremos ser ejemplo de fidelidad y de lealtad a los compromisos contraídos.

Algún día escucharemos dichosos: "Muy bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, te constituiré sobre lo mucho; entra en el gozo de tu Señor".

La casa de Dios es casa de oración


El Evangelio nos muestra a Jesús santamente indignado al ver la situación en que se encontraba el Templo, de tal manera, que expulsó de allí a los que vendían y compraban animales para ser sacrificados porque se había convertido en un verdadero mercado de ganado, en lugar de un servicio para los peregrinos que venían de fuera.

Jesús subraya la finalidad del Templo con un texto de Isaías bien conocido por todos (56, 7): Mi casa será casa de oración, pero vosotros habéis hecho de ella una cueva de ladrones. Quiso el Señor inculcar cuál debía ser el respeto y la compostura que se debía manifestar en el Templo por su carácter sagrado. Nuestro respeto y devoción deben ser profundos y delicados, puesto que en nuestras iglesias se celebra el sacrificio eucarístico, y Jesucristo, Dios y Hombre, está realmente presente en el Sagrario.

Mi casa será casa de oración. Con frecuencia asistimos a ceremonias de carácter político, académico o deportivo y advertimos enseguida que hay un protocolo y una cierta solemnidad que dan al acto una buena parte de su valor y de su ser. También entre las personas, el cariño se demuestra en pequeños detalles y atenciones. Es el rito sencillo que el hombre necesita para expresar lo más íntimo de su ser. El hombre, que no es sólo cuerpo ni sólo alma, necesita también manifestar su fe en actos externos y sensibles, que expresen bien lo que lleva en su corazón.

Cuando se ve a alguien, por ejemplo, hincar con devoción la rodilla ante el Sagrario es fácil pensar: tiene fe y ama a su Dios. El Papa Juan Pablo II señala en este sentido la influencia que tuvo en él la piedad sencilla y sincera de su padre: "El mero hecho de verle arrodillarse -cuenta el Pontífice- tuvo una influencia decisiva en mis años de juventud". Pensemos hoy si para nosotros el templo es el lugar donde damos culto a Dios, donde le encontramos con una presencia verdadera, real y substancial.

Pensemos hoy si al llegar a la iglesia lo primero que hacemos es saludar al Señor, si somos puntuales para la Santa Misa, si hacemos con devoción la genuflexión, si nos vestimos con recato y decoro.

Hoy asistimos en muchos lugares a un ambiente de desacralización basado en una concepción atea de la persona. Vemos con asombro que, incluso entre personas cultas, crecen las prácticas adivinatorias, el culto desordenado y enfermizo a la estadística, a la planificación: la incredulidad por todas partes. Y es que, en lo íntimo de su conciencia, el hombre atisba la existencia de Alguien que rige el universo, y que no es alcanzable por la ciencia. "No tienen fe, pero tienen superticiones".

La Iglesia ha querido determinar muchos detalles y formas del culto, que son expresión del honor debido a Dios y de un verdadero amor. Todos los fieles, sacerdotes y laicos, hemos de ser "tan cuidadosos del culto y del honor divino, que puedan con razón llamarse celosos más que amantes para que imiten al mismo Jesucristo, de quien son estas palabras: El celo de tu casa me consume

La influencia en los demás


Una de las advertencias más duras de Jesús, dirigida en primer lugar a los que le siguen de cerca es andaos con cuidado, después de decir: Más le valdría ajustarle una piedra de molino y arrojarle al mar, que escandalizar a uno de los pequeños (Lucas 17, 1-3). Escandalizar es hacer caer, ser causa de tropiezo, de ruina espiritual para otro, con la palabra, con los hechos, con las omisiones.

Los pequeños son para Jesús los niños, en cuya inocencia se refleja de una manera particular la imagen de Dios. Pero también son esa inmensa muchedumbre, sencilla, menos ilustrada y, por lo mismo, con más facilidad de tropezar en la piedra interpuesta en su camino. Pocos pecados tan grandes como éste, pues "tiende a destruir la mayor obra de Dios, que es la redención, con la pérdida de las almas: da muerte al alma del prójimo quitándole la vida de la gracia, que es más preciosa que la vida del cuerpo, y es causa de una multitud de pecados" .

Es mucho lo que influimos en los demás, y esta influencia ha de ser siempre para bien de quien nos ve o nos escucha, en cualquier situación en la que nos encontremos. Sin embargo, también existe el falso escándalo: en no pocas ocasiones la conducta del cristiano que quiere vivir con integridad la doctrina del Señor, chocará con un ambiente pagano y frívolo y "escandalizará" a muchos.

No nos debe extrañar si con nuestra vida en alguna ocasión sucede algo parecido, y hemos de evitar aquellas ocasiones de suyo indiferentes que pueden producir extrañeza o escándalo en personas por su falta de formación. Especialmente es grave el escándalo que proviene de aquellas personas que gozan de algún género de autoridad o fama, y el que es ocasión de escándalo tiene obligación, por caridad, y a veces por justicia, de reparar el daño espiritual y aun material ocasionado. La caridad, movida por la contrición, encuentra siempre el modo adecuado de reparar el daño.

De nosotros deberían decir quienes nos han tratado, lo que sus contemporáneos afirmaron del Señor: pasó haciendo el bien (Hechos 10, 38). Si lo propio del escándalo es romper y destruir, la caridad compone, une y cura, y ella misma facilita el camino que conduce al Señor. El buen ejemplo será siempre una forma eficaz de contrarrestar el mal que, quizá sin darse cuenta, muchos van sembrando por la vida.

La Mansedumbre


La fecundidad de todo apostolado estará siempre muy relacionada con esta virtud. Imitar a Jesús en su mansedumbre es la medida para nuestros enfados, impaciencias y faltas de cordialidad y de comprensión. Especialmente, la contemplación de Jesús nos ayudará a no ser altivos y a no impacientarnos ante las contrariedades. Nuestro carácter no depende de la forma de ser de quienes nos rodean, sino de nosotros mismos.

La mansedumbre no es propia de los blandos; está apoyada, por el contrario, sobre una gran fortaleza de espíritu. El mismo ejercicio de esta virtud implica continuos actos de fortaleza. Así como los pobres son los verdaderamente ricos según el Evangelio, los mansos son los verdaderos fuertes. La materia propia de esta virtud es la pasión de la ira, en sus muchas manifestaciones, a la que modera y rectifica de tal forma que no se enciende sino cuando sea necesario y en la medida en que lo sea.

Ante la majestad de Dios, que se ha hecho Niño en Belén, todo lo nuestro adquiere sus justas proporciones: su contemplación nos sirve para avivar nuestra oración, extremar la caridad y no perder la paz. A la mansedumbre, íntimamente relacionada con la humildad, no se opone una cólera santa ante la injusticia. No es mansedumbre lo que sirve de pabellón a la cobardía. La ira es justa y santa cuando se guardan los derechos de los demás; de modo especial, la soberanía y la santidad de Dios.

Las manifestaciones de violencia son en el fondo signos de debilidad. Los mansos poseerán la tierra. Primero se poseerán a sí mismos, porque no serán esclavos de su mal carácter; poseerán a Dios porque su alma se halla siempre dispuesta a la oración, y poseerán a los que los rodean porque han ganado su cariño. Hemos de dejar a nuestro paso el buen aroma de Cristo: nuestra sonrisa, una calma serena, buen humor y alegría, caridad y comprensión. Contemplar al Niño Jesús nos ayudará a ser humildes.

Vivir la justicia


Jesucristo rechaza la posición de los fariseos que se preocupaban por el pago del diezmo: décima parte del producto de los frutos del campo, para el sostenimiento del Templo. Incluso lo hacían de las plantas aromáticas que cultivaban en sus jardines, pero a la vez dejaban de cumplir otros graves mandamientos en relación al prójimo: la justicia, la misericordia y la fidelidad (Mateo 23, 23).

Los cristianos no debemos caer jamás en estas hipocresías. La virtud de la justicia se fundamenta en la intocable dignidad de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios y destinada a una felicidad eterna. Consiste en dar a cada uno lo suyo y se enriquece y se perfecciona con la misericordia y la caridad.

Vivir la justicia con el prójimo es mucho más que no causarle daño, y no basta con lamentarse ante situaciones de injusticia; quejas y lamentaciones que serán estériles si no se traducen en más oración y obras para remediar esta situación. Vivir la justicia con los que nos relacionamos significa, entre otros deberes, respetar su derecho a la fama, a la intimidad... También implica el derecho a la vida, a la fidelidad, a la verdad, la responsabilidad y la buena preparación, la laboriosidad y la honestidad, el estudio a conciencia y el cuidado de los instrumentos de trabajo. Debemos vivir los deberes de justicia con aquellos que el Señor nos ha encomendado, dedicándoles tiempo, colaborando en su formación y tratando con más esmero a aquel que, por su enfermedad, edad o por sus condiciones particulares, más lo necesita. Además, debemos recordar que la calumnia y la murmuración son una gran injusticia, pues "entre los bienes temporales la buena reputación parece ser lo más valioso, y por su pérdida el hombre queda privado de hacer mucho bien".

La economía tiene sus propias leyes y mecanismos, pero estas leyes no son suficientes ni supremas, ni esos mecanismos son inamovibles. El orden económico debe estar sometido a los principios superiores de la justicia social y tener en cuenta la dignidad de la persona.

La justicia social también exige que al trabajador no se le deje a merced de las leyes de la competencia como si su trabajo fuera sólo una mercancía, y una de las preocupaciones del Estado y de los empresarios "debe ser ésta: dar trabajo a todos".

Todo tiene su tiempo y su momento


La Sagrada Escritura nos enseña, que todo tiene su tiempo y su momento. Las circunstancias y acontecimientos de la vida forman parte de un plan divino. Pero hay veces que el hombre no acierta a comprender ese querer de Dios sobre sus criaturas y no encuentra el momento oportuno para cada cosa; con frecuencia los hombres ponen su interés lejos de la labor que tienen entre manos. Perder el tiempo es dedicarlo a otras tareas, quizá humanamente interesantes y productivas, pero distintas de las que Dios esperaba que atendiéramos en ese momento preciso.

Ganar el tiempo, en cambio, es hacer lo que Dios quiere que llevemos a cabo: vivir el momento presente que es el que debemos santificar. Del pasado sólo debemos sacar motivos de contrición por lo que hicimos mal, de acciones de gracias por todo el bien que recibimos, y experiencia para hacer con más perfección nuestras tareas. Los sucesos del futuro no nos deben preocupar demasiado, pues todavía no tenemos la gracia de Dios para enfrentarlo.

Para aprovechar el tiempo presente, como nos aconseja San Pablo, necesitaremos someternos a un orden en nuestros quehaceres y cumplirlo. Vencer la pereza y ser laboriosos es aprovechar el tiempo, que no sólo es oro, sino gloria de Dios. Perezoso no es solamente el que no hace nada, sino también el que hace muchas cosas, pero rehúsa llevar a cabo su obligación concreta y escoge sus ocupaciones según el capricho del momento.

El perezoso es amigo de los "comienzos", pero no pone las "últimas piedras". Vivir el hoy y ahora, nos llevará a estar atentos a lo que hacemos, convencidos que es una ofrenda al Señor, como si fuera la última obra que le ofrecemos.

El Señor nos invitó a vivir con serenidad e intensidad cada jornada, eliminando preocupaciones inútiles por lo que ocurrió ayer y por lo que puede suceder mañana: No se preocupen por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio; a cada día le basta su propio afán.

Un buen consejo para vivir cara a Dios es que hemos de trabajar en esta tierra como si fuésemos a vivir siempre en ella, a la vez que trabajamos para la eternidad como si fuéramos a morir esta misma tarde. Es precisamente esta tarea del momento presente la que nos lleva al Cielo. Ahora es tiempo de edificar.

Salmo 42





1Como ciervo que brama por las corrientes de agua, así mi alma clama por ti, mi Dios.2Mi alma tiene sed de ti, Dios de la vida;¿cuándo vendré a presentarme ante ti, mi Dios?3Mis lágrimas son mi pan, de día y de noche,pues a todas horas me preguntan:«¿Dónde está tu Dios?»
4Pienso en esto, y se me parte el alma;recuerdo cuando acompañaba yo a la multitud,cuando la conducía hasta el templo de Diosentre voces de alegría y de alabanza,entre la alegría del pueblo en fiesta.
5¿Por qué te desanimas, alma mía?¿Por qué te inquietas dentro de mí?Espera en Dios, porque aún debo alabarlo.¡Él es mi Dios! ¡Él es mi salvador!
6Dios mío, mi alma está muy abatida.Por eso me acuerdo de tidesde estas tierras del Jordán,desde los montes Hermón y Mizar.7Un abismo llama a otro abismo,y resuena la voz de tus cascadas.Todas tus ondas y tus olas pasan sobre mí.8Pero tú, Señor, durante el díame enviarás tu gran misericordia,y por la noche tu cántico estará conmigo,con mi oración a ti, Dios de mi vida.
9Dios mío y Roca mía, yo te pregunto:¿Por qué te has olvidado de mí?¿Por qué debo andar acongojadoy sufrir por la opresión del enemigo?10Siento un dolor mortal en los huesoscuando mis enemigos me afrentan,cuando a todas horas me preguntan:«¿Dónde está tu Dios?»
11¿Por qué te desanimas, alma mía?¿Por qué te inquietas dentro de mí?Espera en Dios, porque aún debo alabarlo.¡Él es mi Dios! ¡Él es mi salvador!

Salmo 27





1El Señor es mi luz y mi salvación;¿a quién podría yo temer?El Señor es la fortaleza de mi vida;¿quién podría infundirme miedo?2Mis malvados enemigos me ponen en aprietos;se juntan y hacen planes de acabar conmigo,pero son ellos los que tropiezan y caen.
3Aunque un ejército acampe contra mí,mi corazón no se amedrentará;aunque me ataquen y me declaren la guerra,hay algo en que finco mi confianza;4en que una cosa le he pedido al Señor,y es lo único que busco:habitar en su casa todos los días de mi vida,para contemplar su hermosura y solazarme en su templo.5Cuando vengan los días malos,él me esconderá en su santuario;me ocultará en lo más recóndito de su templo,me pondrá en lo alto de una roca.6Ante los enemigos que me rodeanme hará levantar la cabeza,y llevaré a su templo mis ofrendas de alegríay allí cantaré salmos al Señor.
7Señor, escúchame cuando a ti me dirija;¡ten compasión de mí, y respóndeme!8A mi corazón le pides buscar tu rostro,y yo, Señor, tu rostro busco.9Tú eres mi Dios y salvador;¡No escondas de mí tu rostro!No apartes con enojo a este siervo tuyo,pues siempre has sido mi ayuda.¡No me dejes ni me desampares!10Podrían mi padre y mi madre abandonarme,pero tú, Señor, me recogerás.
11Por causa de mis adversarios,enséñame, Señor, tu caminoy llévame por el camino recto.12Testigos falsos y violentos se levantan contra mí;¡no permitas que hagan conmigo lo que quieran!13¡Yo estoy seguro, Señor, de que he de vertu bondad en esta tierra de los vivientes!
14¡Espera en el Señor!¡Infunde a tu corazón ánimo y aliento!
¡Sí, espera en el Señor!