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LOS DISCIPULOS DE EMAUS


Dos discípulos se dirigen a su aldea, Emaús, perdida la virtud de la esperanza porque Cristo, en quien habían puesto todo el sentido de su vida, ha muerto. El Señor, como si también Él fuese de camino, les da alcance y se une a ellos sin ser reconocido. Hablan de lo ocurrido en Jerusalén la tarde del viernes, la muerte de Jesús de Nazaret en quien habían depositado su confianza. Hablan de Jesús como de una realidad pasada: Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta... Ellos dicen: "¡Que fue!"... ¡Y lo tienen a su lado, está caminando con ellos, está en su compañía indagando la razón, las raíces íntimas de su tristeza!

Jesús les interpreta aquellos acontecimientos a la luz de las Escrituras. Con paciencia, les devuelve la fe y la esperanza. Y aquellos dos recuperan también la alegría y el amor. Es posible que nosotros también nos encontremos alguna vez con desaliento. En esas ocasiones, si nos dejamos ayudar, Jesús no permitirá que nos alejemos de Él: ¡Abramos el alma con sinceridad en la dirección espiritual! ¡Dejémonos ayudar!

La esperanza es la virtud del caminante que, como nosotros, todavía no ha llegado a la meta, pero sabe que siempre tendrá los medios para ser fiel al Señor y perseverar en la propia vocación recibida, en el cumplimiento de los propios deberes. El Señor nos habla con frecuencia de fidelidad en el Evangelio. Entre los obstáculos que se oponen a la perseverancia fiel está, en primer lugar, la soberbia, que oscurece el fundamento mismo de la fidelidad y debilita la voluntad para luchar contra las dificultades y tentaciones. La fidelidad hasta el final de la vida exige la fidelidad en lo pequeño de cada jornada, y saber recomenzar de nuevo cuando por fragilidad hubo algún descamino.

El llamamiento de Cristo exige una respuesta firme y continuada y, a la vez, penetrar más profundamente en el sentido de la Cruz y en la grandeza y en las exigencias del propio camino.

Esta virtud de la fidelidad debe informar todas las manifestaciones de la vida del cristiano: relaciones con Dios, con la Iglesia, con el prójimo, en el trabajo, en sus deberes de estado y consigo mismo. De la fidelidad al Señor se deduce y a lo que se reduce, la fidelidad a todos sus compromisos verdaderos. Dios está dispuesto a darnos las gracias necesarias, como aquellos dos de Emaús, para salir adelante en todo momento, si hay sinceridad de vida y deseos de lucha. Y nosotros le decimos como ellos: ¡Quédate con nosotros, porque se hace de noche!

LA RESURRECCION DE CRISTO


La fuente de nuestra esperanza, coraje, es que Cristo ha resucitado.

Vivimos en una sociedad de miedo y cobardía, miedo a la enfermedad, a la devaluación del dinero, miedo al vecino, al que va al lado de nosotros en el autobús, miedo a la calle, no nos vayan a atracar. Hoy nadie se fía de nadie, todos tienen miedo a todos. Antes, la fe en Dios y el temor a Dios hacían que no nos tuviéramos miedo. Se vivía una civilización de mutua confianza. Hemos perdido el temor a Dios y ha comenzado el miedo a los humanos. El miedo alimenta el dolor. Muchos hacen de sus emociones un depósito de basura. No saben manejar sus problemas sino que se encierren en sí mismos generando angustia y estrés. Hacen su velorio antes de tiempo. No han sucedido aún los problemas y ya los están sufriendo anticipadamente. Es humano sentir miedo pero es de hombres superarlo.

Vivimos en una sociedad donde el ser humano aprende fácilmente a manejar sus éxitos pero tiene una enorme dificultad para manejar sus fracasos; una sociedad tan acelerada que no hallamos tiempo ni para nosotros mismos; una sociedad donde es Grande el que tiene a muchos bajo su mando, puede exigirles que le sirvan sin tener que servir él a nadie, donde es grande la nación que tiene derecho de veto en la ONU, que tiene suficiente dinero para sobornar conciencias, que tiene arsenal de armas modernas, que tiene poder de derivar las noticias hacia su molino de verdad.

¡Que mal vive una sociedad sin Dios¡ ¿Dónde queda la importancia del ser humano, la alegría de vivir, la felicidad que busca toda persona?

Cristo ha resucitado y sin la fe en la resurrección toda la religión seria una droga para la humanidad. Lo más necesario en la vida del hombre es encontrarle sentido a la vida. si la vida no tiene un sentido, una meta, un más allá de la muerte, esto es absurdo. El hombre no es un medio, un objeto de felicidad para el hombre, es un fin en sí, ha sido creado para dominar las cosas pero no para dominar a otros hombres. El hombre no es una cosa, es persona. De ahí la dignidad de cada persona. La vida no es así, banal, es algo sumamente importante, en ella se juega la eternidad de cada uno. Nunca la vida es tan seria y tan llena de responsabilidades terrenas como cuando uno mira al cielo y sabe que en su trabajo se juega la eternidad.

Es hora de despertar, hay muchos cristianos dormidos y aún muertos por el pecado, el sueño de la muerte. Necesitamos predicadores valientes. Abundan los cobardes que mutilan el Evangelio para que no caiga antipático, que tienen miedo de hablar de la verdades eternas, del pecado y la confesión, de la abnegación. Miedo a no parecer suficientemente modernos. Necesitamos que suene el despertador hoy. Hay escasez de despertadores en la Iglesia y sobran serenatas que invitan a dormir la vida. Es una lucha. Dios nos ha dado un espíritu de fortaleza y no de miedo y timidez. Hemos de luchar por el Evangelio sin avergonzarnos pero siempre con caridad, no con el fusil sino con el ejemplo, con la vida, dando parte de nuestro tiempo. Si cada cristiano luchara por el Evangelio, que distinto sería el mundo, que bella la sociedad.

El día de la resurrección es el día de pensar que la meta de la vida es: vivir eternamente con Cristo en la gloria del padre. El cristiano sabe que él es divino porque se alimenta de su Dios pero también sabe que no podrá ser divino a costa de dejar de ser humano. A través de la resurrección nos damos cuenta que el Reino de Dios no está en otro mundo sino en el nuestro que será otro y nuestra misión es estar en la primera fila con aquellos que están construyendo en el mundo la civilización del AMOR. Seamos gente de esperanza. No tengamos miedo; Cristo ha vencido al mundo

CRISTO VIVE

Cristo resucitado se aparece a María de Magdalena, que había sido fiel en los momentos durísimos del Calvario. Le dijo Jesús: Mujer, ¿porqué lloras? ¿A quién buscas? Jesús le dijo: ¡María! La palabra tiene esa inflexión única que Jesús da a cada nombre también al nuestro y que lleva aparejada una vocación, una amistad muy singular.

Jesús nos llama por nuestro nombre, y su entonación es inconfundible. ¡Jesucristo sigue entre nosotros! Nos llama con su acento inconfundible. Está muy cerca de cada uno. Que las circunstancias externas, el dolor, el fracaso, la decepción, las penas, el desconsuelo no nos impidan ver a Jesús que nos llama. Que sepamos purificar todo aquello que pueda hacer turbia nuestra mirada.

Cristo Jesús, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se hizo hombre en el seno virginal de María, está en el Cielo con aquel mismo Cuerpo que asumió en la Encarnación, que murió en la Cruz y resucitó al tercer día. También nosotros, como María Magdalena, contemplaremos un día la Humanidad Santísima del Señor, y mientras tanto hemos de fomentar el deseo de verle. Además de estar en el Cielo, Cristo está realmente presente en la Sagrada Eucaristía. "La presencia de Jesús vivo en la Hostia Santa es la garantía, la raíz y la consumación de su presencia en el mundo".

Cristo vive, y está también presente con su virtud en los sacramentos: está en su Palabra, está presente cuando la Iglesia ora y se reúne en su nombre.Dios habita en nuestra alma en gracia, está más cerca de nosotros que cualquier persona que esté a nuestro lado. No dejemos de tratarle.

Si contemplamos a Cristo resucitado, si nos esforzamos en mirarlo con mirada limpia, comprenderemos hondamente que también ahora es posible seguirle de cerca, vivir junto a Él nuestra vida, que entonces se engrandece y adquiere un sentido nuevo. Con el tiempo, entre Jesús y nosotros se irá estableciendo una relación personal, -una fe amorosa- que puede ser hoy, al cabo de veinte siglos, tan auténtica y cierta como la de aquellos que le contemplaron resucitado y glorioso con las señales de la Pasión en su Cuerpo.

El ejemplo de María Magdalena, que persevera en la fidelidad al Señor en momentos difíciles, nos enseña que quien busca con sinceridad y constancia a Jesucristo acaba encontrándolo. Iniciemos nuestra búsqueda de la mano de la Virgen, nuestra Madre, a quien le decimos en la Salve: muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre.

Viernes Santo

Fue San Agustín quien dijo que el Crucifijo es el mejor libro de lectura para el cristiano. Él mismo dijo que el monte calvario es la primera escuela del cristianismo. La Cruz, la primera Cátedra. El Crucifijo es el primer libro y el mejor. Cada llaga es una página de ese libro, escrita no con tinta, sino con la Sangre del Hijo de Dios. Y todo bajo la inspiración del Amor de la Trinidad entera. De tal manera nos amó Dios Hijo que dio la vida por nosotros. Y no hay Amor mayor que dar la vida por la persona a quien se ama. ¡Qué suerte la de los Mártires que dan la vida por Dios! ¡Dichosos los sacerdotes y los religiosos que dan la vida por Cristo y por los hermanos, imitando al Maestro! Los Mártires la dan de un golpe. Los sacerdotes y religiosos la van dando día a día, agarrando en las manos el Crucifijo para seguir adelante hasta la muerte. El Crucifijo nos enseña a sufrir: Tan importante como es el aprender a sufrir. “Vivir es sufrir”. Grandes fracasos de la vida vienen por no saber sufrir. Enseñemos a la gente a sufrir con el Crucifijo en la mano. El Crucifijo nos enseña a Perdonar: Perdonó a los verdugos, al buen ladrón. ¿Quién no confiará en el Perdón? ¿Quién se atreverá a negar el Perdón? ¿No tienes alguna Persona a quien guardes algún resentimiento? Cristo es nuestro Salvador... Acerquémonos a Él para ser salvados......Eduquemos más en el sabor de la Biblia a los niños y a los jóvenes. Cambiemos de vida, entremos en la Nueva Alianza....Dejemos al hombre viejo......Hagámonos con el Hombre Nuevo.....En vida de Gracia....Santidad...De pureza. Vamos hermanos, cambiemos de cara. Seamos testigos de la Resurrección, y dediquémonos a resucitar: hay tanta gente a quien alegrar, consolar, animar. Aceptemos de una vez la Salvación en Cristo....Acerquémonos a Él...Sólo Cristo Salva... No andemos buscando nuevos Mesías..... No andemos buscando nuevos o viejos dioses. No hay Salvación más que en el Nombre de Jesús.

Jesús es el buen pastor

Jesús es la viña, es la vid y es la parra. Jesús es el enviado (apóstol)del Padre y el que envía en el nombre del Padre y constituye apóstoles. Jesús es cordero y es pastor, pero es el pastor dueño que funda, instituye, organiza y alimenta el rebaño. Es pan, vino y agua. Es la misma vida del rebaño. Es el pastor que es médico y salvador del rebaño. Es cabeza y corazón de cada una de las ovejas del rebaño. Es el principe de todos los pastores. Jesús es el buen pastor, fundador de la Iglesia, sustentador y salvador de ella.
Cristo fundador de la Iglesia: La Iglesia es fundación e institución de Cristo. Durante su vida pública echó los fundamentos de la Iglesia: predicando el Evangelio de Dios; eligiendo a los apóstoles, columnas de la Iglesia y pastores del rebaño. Formándolos, labrando esas columnas. ¡Cuánto tiempo dedicó a su formación a parte de las muchedumbres!Los envió en misiones de ensayo y luego a la misión definitiva, escogiendo a Pedro como roca sobre la que edifica la Iglesia, como jefe de todos los pastores, Vicario suyo en la ausencia; instituyendo los sacramentos, como paraíso terrenal de la Iglesia, que dan alimento y medicina al rebaño; y por fin la Iglesia nace del costado abierto de Cristo en la cruz.
Jesús sube al cielo para enviar al Espíritu Santo, que es el alma de la Iglesia, en Pentecostés, para el que nos estamos preparando. Cristo es el fundador de la Iglesia y el dueño único del rebaño.
Cristo sustentador de la Iglesia: es decir, sostenedor, alimentador y conservador de la Iglesia. La unión de Cristo y la Iglesia es íntima. Cristo se identifica y solidariza formalmente con la Iglesia y sus miembros. Dice: "tuve hambre, sed, estuve enfermo y en la carcel". El cristiano no sólo se convierte en cristiano sino en otro Cristo. El cuerpo y la cabeza constituyen el Cristo completo, total. ¿Quién bautiza? Es Cristo. Cristo enseña, perdona y consagra. Cristo hace participante a la Iglesia de su vida divina, empapándola de su sangre y alimentado a cada uno de sus miembros con la Eucaristía: pan de vida eterna y sol de la Iglesia; con la palabra de Dios, contenida en la Biblia y en toda la tradición de la Iglesia, y con el magisterio de la Iglesia. Así alimenta Cristo a las ovejas de su rebaño.
Cristo es el salvador, redentor y libertador de la Iglesia: Jesús es Jesús, es decir, el salvador. Pero Cristo no sólo nos redimió en la cruz sino que sigue salvando y liberando a la Iglesia por medio de los sacramentos. Lo que una vez comenzó en la cruz, lo continúa ahora desde la gloria a través de la Iglesia.
Cristo es la cabeza de la Iglesia: es el primogénito de todo el pueblo santo y de toda la creación. Es quien gobierna a la Iglesia por medio de la jerarquía (Papa y obispos)y los carismas interiores, gracia de santidad para bien de toda la Iglesia.¿Es Cristo verdaderamente nuestra única cabeza o somos montruos sin cabeza o con dos cabezas?¿Qué clase de rebaño somos?¿Somos un rebaño enfermo, canceroso,podrido, cobarde o somos un rebaño sano, fuerte y valiente?¿Qué podemos hacer por nuestra parroquia?

Mensajes pascuales

Viernes Santo

En realidad sólo hay dos filosofías de la vida. Para una de ellas, primero es el banquete y luego el dolor de cabeza. Para la otra, primero el dolor de cabeza y luego el banquete.

"El núcleo del Evangelio es la Pasión y la Resurrección".

Hoy en la Iglesia se habla mucho de sociología, de psicología, de relaciones humanas, pero muy poco se habla de Cristo crucificado. Se habla de torturas, pero no de las torturas con que Cristo fue y es torturado.

La Iglesia nace del calvario. Cuando la Iglesia no vive la Pasión de Cristo, se aliena y deja de ser la Iglesia auténtica, para convertirse en mera escuela de filosofía y de ética.

El Viernes Santo es el día de la Oración. La Biblia, que tan largamente hemos escuchado, es el libro de la oración, donde Dios nos habla para que nosotros le respondamos. La Biblia sin oración es un libro de literatura...

El Crucifijo sin oración será un objeto de arte más o menos valioso. El Crucifijo es para arrodillarse, estrecharlo entre las manos y besarlo.

El Viernes Santo es el día de la Eucaristía, para profesar que nuestro Dios murió por nosotros,pero vive ofreciéndose permanentemente al Padre.

Fue un Viernes Santo cuando Mateo Talbot, el futuro Santo irlandés, entró en una Iglesia, oyó predicar la Pasión de Cristo y al oir lo de la lanzada, se echó a llorar diciendo:

"Señor, los judíos te clavaron una vez y no sabían quien eras Tú. ¡Yo te he clavado tantas veces sabiendo quien eres!

Por lo menos un día en la vida, en el año, recordemos la historia real de aquel que nos amó y murió por nosotros para darnos la vida y hacernos llegar al corazón trinitario donde reina el amor, la paz y la felicidad.

Sábado de Gloria

I-¿Cuál es el estándar de la grandeza en el mundo? Grande es el que tiene mucho bajo sus mandos. Es el que puede exigir que le sirvan, sin tener que servir él a nadie.
Grande en el mundo es que ni a Dios obedece y sirve, sino es para manipular al mismo Dios en su provecho.
Nación o país grande es el que tiene derecho al veto en la ONU, el que tiene suficiente dinero para sobornar gobiernos y partidos, el que tiene arsenal de armas, el que tiene poder de derivar las noticias hacia su molino de verdad. Grande según el anti-Evangelio son los pequeños dictadores de la familia, de la empresa, del municipio, que saben hacer que todos les sirvan para ellos.
Pero la grandeza según el Evangelio es: “servir a Dios”. El que no sirve a Dios es porque sirve al dinero o es esclavo de algún otro vicio. La historia de la Salvación, que es la historia de la liberación, enseña que la liberación del hombre depende del sometimiento a Dios.
Dios es libre, por eso el que identifica su voluntad con Dios logra la libertad. El que se desliga de Dios cae en libertinaje y se hace esclavo de sus apetitos. El que usa la libertad en búsqueda de un bien falso, un valor o un amor falso, es un libertino.
Por eso frente a eso vemos el sentimiento trágico de la vida, como que ya todo está acabado y no hay más nada que hacer. Por eso nuestra sociedad de hoy es una fábrica de desesperados porque ni siquiera quieren saber de donde venimos ni hacia donde vamos, ni quieren saber qué tenemos que hacer. ¿Dónde queda ahí la importancia de vivir?
Tenemos al ciego que se las da de vidente, al ignorante que se las da de entendido; y más alarmante, cuando son las autoridades, que tienen el poder legislativo, policial, los que son conductores ciegos, ebrios y con revólver, que es un símbolo de la fuerza, la ironía, la amenaza y el chantaje.
¿De dónde venimos y a dónde vamos? Es la pregunta que se hace todo hombre en cuanto logra superar la embrutecedora tarea de pensar en qué comer. Para nadie es tan seria la vida como para el que sabe que en ella se juega la vida o la muerte.
Esa clase de preguntas, que las hace la gente, no pretenden a través de ellas conocer el por qué sino el para qué. No la causa sino la finalidad, porque no quieren morirse del todo y quieren saber si morirán del todo o no. Y la respuesta es:“Cristo ha resucitado”.
La resurrección de Cristo no es un final bonito al Evangelio para endulzar un poco el dolor del Viernes Santo, sino el capítulo definitivo del Evangelio. Sin Él la vida de Cristo hubiera sido un gran fracaso y nadie se acordaría hoy de Él. Si hoy estamos reunidos aquí en la Iglesia es porque Cristo ha resucitado y eso significa que también nosotros hemos de resucitar. Nuestro destino no es el cementerio, es la vida eterna.
El cristiano es el que vive de la esperanza, esperando la plena realización de lo que espera. El cristiano es el testigo de la vida eterna, testigo de la esperanza que es la virtud de la orientación en la vida. Los cristianos no podemos dar la impresión de ser personas desorientadas. Tenemos un norte hacia el cual caminar: el cielo, cristo.
Y sin embargo, cuántos cristianos damos la impresión de desorientados, de andar a tientas en la vida. Cuántos hombres y mujeres caminan por la vida como locos que no saben ni de donde vienen, ni a donde van. La esperanza es la virtud que nos dice a donde vamos, de donde venimos y que podemos esperar. Ella es nuestra guía y la virtud de nuestra alegría. Como cantaba la gran mística Teresa de Jesús: “vivo sin vivir en mi, y tan alta vida espero, que muero porque no muero. Ay, que larga es esta vida, esta carcel, estos hierros en que el alma está metida. Sólo esperar la partida, me causa dolor tan fiero, que muero porque no muero”.
Un cristiano triste es un triste cristiano. La tristeza, el pesimismo, hacen muy mala propaganda al Evangelio, a Cristo resucitado. Hay cristianos masoquistas que gozan en vivir tristes recordando la basura de la Iglesia y de la humanidad. Hay cristianos que parecen estar toda su vida en viernes santo, cargando con su cruz a cuestas, y echándole a Dios la culpa de sus males; dicen: “hay que aceptar con paciencia las pruebas que Dios nos manda”. Ningún Padre le manda pruebas a sus hijos. Sino que lo ama y le ayuda a superar las pruebas que le pone la vida.
No tenemos motivos para estar tristes, porque sabemos que todo nuestros sufrimientos y los ajenos han de acabar con la alegría eterna.
Hoy sería un buen día para cambiar de cara, en casa, en el trabajo, en la Iglesia, en la calle. ¿Qué pasaría si mañana el primer día de pascua, todos amaneciéramos con caras llena de alegría, cara en que no la cambiáramos en todo el día y en toda la semana? El mundo sería de verdad mucho más hermoso. El cristiano es el que sabe sembrar flores de alegría.
Cambiemos de cara. Seamos testigos de la resurrección y dediquémonos a resucitar a tantos hermanos que siguen cargando con su cruz. Hay tanta gente a quien alegrar, consolar y animar
Cristo ha resucitado y vamos a resucitar con Él y ayudar a tantos a resucitar con nuestra palabra, con nuestro afecto, con nuestra actitud.
El cristiano ha de ser un hombre siempre alegre y optimista, porque vive de las promesas de Cristo: No tengan miedo, yo he vencido al mundo, y yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo.

II-Estamos reunidos esta noche porque Cristo resucitó

La resurrección es la proclamación de la divinidad de Cristo, es lo esencial del credo cristiano. Es la culminación de la revelación de Dios a los hombres: hoy sí que se nos ha dejado ver, tocar y oír.

Cristo ha triunfado rotundamente de sus enemigos. Creyeron que habían acabado con Él. Pero como lo había prometido, resucitó. Nosotros también hemos de triunfar. La sangre de los mártires es semilla de cristianos. Lo que sembramos en corrupción, lo cosecharemos en inmortalidad.

Hoy Cristo ha demostrado claramente que es el Mesías. Con la resurrección ha entrado a gozar de la felicidad, y si Cristo ha entrado en el gozo de la divinidad, también nosotros entraremos. Nuestro destino es la felicidad del cielo.

¿De qué serviría el ejemplo admirable de tantos religiosos y religiosas que gastan su vida en parroquias y colegios, en los barrios más pobres, en asilos de niños huérfanos o ancianatos, en hospitales o en las misiones, si no nos trasmiten la esperanza de la resurrección? ¿De qué sirven las misas de difuntos, los funerales, si no hay fe en la resurrección? Lo que da sentido a la vida, lo que da sentido a la Iglesia, es que Cristo resucitó.

La muerte entra igual en los ranchos de los pobres que en los palacios de los ricos, es lo más seguro que todos tenemos. Pero desde que Cristo resucitó, la muerte del cristiano se convirtió en el paso a la verdadera vida, la que no termina. Eso es lo que significa PASCUA (lo que estamos celebrando esta noche). Cuando celebramos el dia de los santos, no celebramos el dia en que nacieron para este mundo (cumpleaños), sino el dia en que pasaron de este mundo al Padre.

¿Por qué vivir encorvados mirando hacia la tierra, cargados de temores y angustias, de preocupaciones y miedos; miedo al sufrimiento, miedo a la muerte, miedo al juicio de Dios y no más bien con los ojos y la cabeza bien en alto, como hombres de esperanza? No seamos llorones pesimistas.
Hay padres de familia que son lamentación permanente, todo lo ven negativo. Hay venezolanos que son lamentación permanente, todo lo ven negativo. Hay personas que vienen al templo que son lamentación permanente, todo lo ven negativo. Nadie nos puede quitar la felicidad; ni las enfermedades, ni la injusticia, porque sabemos que aquí estamos “de paso”, vivimos en pascua permanente, camino del nuevo cielo y la nueva tierra.

No basta creer en la resurrección; es necesario que resucitemos y que hagamos resucitar a otros, seamos hombres nuevos y renovadores, seamos mejores y mejoradores, resucitados y resucitadores. No adoramos a un Dios muerto. Nuestra religión no es de muertos, sino de vivos. No somos hijos de las tinieblas, sino de la luz, alegres y alegradores.Tenemos que ser hombres llenos de coraje, de esperanza, de fortaleza. La tierra es de Dios y se alquila a los valientes.

Esta es la gran noticia que llena hoy el mundo entero: “Cristo ha resucitado”, la humanidad camina hacia la vida, hacia la resurrección. Este es el día que ha hecho el Señor. “Yo Soy la Resurrección y la Vida, quién cree en Mi aunque haya muerto, vivirá”, dice Jesús.

Los monjes del monte Athos usan entre ellos este saludo:
“Acuérdate cristiano que tu destino es vivir.”

III-La resurrección es la fuente de nuestra vida eterna.

Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en el mismo sitio, pero algunos no tropiezan dos veces sino que siguen tropezando a diario.La vida es una escuela que enseña a vivir, pero algunos mueren sin haber aprendido a vivir. Hay quienes por año asisten a la universidad y al fin salen sin haber logrado ni una triste licenciatura. En la escuela de la vida algunos mueren analfabetos: no quieren detenerse a pensar, pero el cristiano tiene otra escuela más de vida: el Evangelio, que es el Camino.

La vida enseña que la felicidad, la vida misma tiene muchos enemigos como la prisa, la falta de tiempo. Todo el mundo corre, tiene miedo de no llegar al accidente que le está esperando; la angustia, la falta de sentido de la vida, el estres, la falta de fe.

El Evangelio nos enseña que el camino de la vida es estrecho y el camino de la perdición amplio, que el que quiere ganar su vida la pierde y quien la pierde por el reino de Dios la encuentra; que tenemos que vivir en el mundo sin ser del mundo, pero a pesar de todo, aunque hemos de trabajar por nuestra salvación con temor y temblor, contamos con la gracia de Dios, que con ella podemos todo, y que él quiere la vida eterna; el cielo no debe trabajar por la gloria mundana sino por la de Dios.

El Reino de los cielos es la gran realidad. La acentuación terrena del Evangelio es necesaria, pero a veces pensamos tanto en la tierra que olvidamos el cielo. En otros tiempos tal vez se pensó tanto en el cielo que se olvidó la tierra. Ni tanto cielo que se descuide la tierra, ni tanta tierra que no nos acordamos del cielo. Algún teólogo ha dicho que el principal testimonio que hay que dar hoy es la existencia del cielo.

¿De verdad creemos en el cielo, en la vida eterna? ¿Hablamos del cielo con entusiasmo? ¿Estamos entusiasmados y capaces de entusiasmar a otros con el cielo?

Si tenemos una fe ambigua no somos cristianos por más que sepamos de memoria toda la Biblia. Si tenemos una fe insegura e imprecisa no somos cristianos, pues la fe es la firme seguridad de lo que esperamos y la convicción de lo que no vemos. ¿Estamos convencidos que el cielo es el negocio más importante entre todos los negocios? Si decimos que el cielo y el infierno están aquí en la tierra, en esta vida; que cada uno es su cielo y su infierno, que esta vida acá es la que vale la pena porque vale más pájaro en mano que cien volando; si somos de los que dicen: "vaya usted a ver lo que nos espera al otro lado de la muerte". Si decimos o pensamos así es que en realidad no tenemos fe.

No vivamos demasiado confiados en la llamada en que nos llamamos cristianos, porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.

Es necesario no sólo llamarse cristianos sino serlo en realidad.