
"Nada tiene que ver la humildad con la timidez o con una vida mediocre y sin aspiraciones. La humildad descubre que todo lo bueno que existe en nosotros, tanto en el orden de la gracia, pertenece a Dios, porque de su plenitud hemos recibido todo" (1 Corintios 12, 3), y tanto don nos mueve al agradecimiento.
¿Cómo hemos de llegar a la humildad? "Por la gracia de Dios". Por eso, hemos de desearla y pedirla incesantemente. Andamos el camino de la humildad cuando aceptamos las humillaciones, pequeñas o grandes, y cuando aceptamos los propios defectos procurando luchar con ellos. Quien es humilde no necesita demasiadas alabanzas y elogios en su tarea, porque el Señor es de modo real y verdadero, la fuente de todos sus bienes y felicidad.
Aprendemos a ser humildes meditando la Pasión de Nuestro Señor, considerando su grandeza ante tanta humillación. Aprenderemos a caminar en el sendero de la humildad si nos fijamos en María, la Esclava del Señor, la que no tuvo otro deseo que el de hacer la voluntad de Dios.