
Dios, dice Santiago, da su gracia a los humildes y resiste a los soberbios. No queramos prescindir del Señor en nuestros proyectos. Nuestra vida no tiene sentido sin Cristo; no debe tener otro fundamento. Todo quedaría desunido y roto si no acudiéramos a Él en nuestras obras .
La humildad está en el fundamento de todas las virtudes y constituye el soporte de la vida cristiana. A esta virtud se opone la soberbia y su secuela inevitable de egoísmo. El egoísta no sabe amar, busca siempre recibir, porque en el fondo sólo se ama a sí mismo. Cuántas veces hemos experimentado la enseñanza de Santa Catalina de Siena: el alma no puede vivir sin amar y cuando no ama a Dios se ama desordenadamente a sí misma, y de este amor desgraciado “el alma no saca otro fruto que soberbia e impaciencia”.
Con la gracia de Dios, hemos de vivir vigilantes, combatiendo la soberbia en sus variadas manifestaciones: la vanidad, la vanagloria, y el desprecio de los demás. ¡No permitas, Señor, que caiga en ese desgraciado estado, en el que no contemplo Tu rostro amable, ni veo tampoco tantas virtudes y cualidades que poseen quienes me rodean!
Para adquirir esta virtud, debemos pedirla al Señor, ser sinceros ante nuestras equivocaciones, errores y pecados, y ejercitarnos en actos concretos de desasimiento del yo. De ella nacen incontables frutos, especialmente la alegría, la fortaleza, la castidad, la sinceridad, la sencillez, la afabilidad, la magnanimidad. La humildad de Nuestro Señor es la roca firme para edificar nuestra humildad. Contemplemos la vida de Santa María: Dios hizo en Ella cosas grandes “porque vio la bajeza de Su esclava”